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Los trágicos sucesos de las Pedreras del 9 de octubre de 1902

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1967
La calle Castelar, donde estaba el centro obrero.

Hoy se han cumplido 116 años de los trágicos sucesos de las Pedreras, ocurridos el 9 de octubre de 1902. El paso del tiempo no puede ni debe borrar de la memoria de este pueblo un acontecimiento tan cruel.

En la calle de San Felipe, en el viejo barrio de Los Portugueses, funcionaba bajo la denominación de Centro Obrero de Oficios Varios una organización que agrupaba a unos seis mil trabajadores de distintas ramas y entre los que predominaba la ideología anarquista, la mayoritaria en España en aquella época de primeros del siglo XX.

A principios de octubre de 1902, el Gobernador de Sevilla había ordenado el cierre de los centros sociales de Andalucía al considerarlos una amenaza para la paz y el orden social, lo cual provocó la indignación de los trabajadores. En La Línea, para protestar contra esta decisión y pedir la reapertura, los dirigentes solicitaron permiso para celebrar una asamblea en la plaza de toros el 9 de octubre de 1902. La autoridad lo denegó y los dirigentes obreros decidieron celebrar la gran reunión que había proyectado en los terrenos de Las Pedreras, la cantera de piedra que se hallaba al pie de Sierra Carbonera, a la que acudieron varios millares de enardecidos trabajadores, en instantes en que La Línea vivía momentos de tensión e incluso el comercio había cerrado sus puertas. En La Línea se había declarado el estado de guerra y se habían enviado tropas desde Jerez.

Las autoridades enviaron a fuerzas de la Guardia Civil para disolver esta asamblea. Ante la negativa de los congregados, la fuerza pública realizó una descarga al aire, a la que algunos exaltados respondieron con piedras. Los siguientes disparos ya no fueron al aire sino contra la multitud, que no se amilanó y respondió al ataque con cuanto tenían a su alcance: palos, piedras, algún que otro revolver… La Guardia Civil se vio forzada a replegarse hacia la ciudad y las masas encolerizadas irrumpieron en el casco urbano. Divididos en grupos se dirigieron a atacar simultáneamente edificios públicos y en especial la casa del alcalde, Juan Bautista Fariñas Martín, al que hacían responsable de lo sucedido.

Fue en las cercanías de la farmacia y residencia familiar de éste, en el tramo de la calle del Teatro limitado por las del Alba y Aurora, donde los sucesos alcanzaron mayores tintes de tragedia. Los más exaltados quisieron incluso asaltar e incendiar la farmacia y el domicilio del alcalde. Avisado oportunamente, el Ejército acudió y actuó sin contemplaciones, con un saldo de numerosas víctimas entre los amotinados.

Según la versión oficial, las fuerzas del orden fueron atacadas por una multitud de cuatro o cinco mil obreros, casi todos ellos armados de pistolas y revólveres… Pero según el saldo oficial de víctimas, hubo un oficial y varios números de la fuerza pública heridos, mientras que entre los amotinados, según los propios informes oficiales, hubo cinco muertos, cuatro o cinco heridos graves, y se supone que muchos más con lesiones menos graves que prefirieron ser atendidos en sus hogares a exponerse a ser detenidos y procesados si acudían a curarse a la casa de socorro.

En la madrugada del día siguiente, los obreros intentaron hacerse con los restos de los compañeros sacándolos del cementerio donde habrían de ser inhumados horas después para rendirles un póstumo homenaje. La acción de las fuerzas de Caballería, prevenidas, lo impidió.

Varias víctimas, pocos culpables y algún inocente

Alrededor de aquellos tristes momentos de la joven historia de La Línea aparecieron varios personajes, cada uno en su papel y cada uno con unas consecuencias diferentes.

Guillermo Sánchez Cabeza, periodista, fue acusado de instigar aquellos comportamientos. De hecho, sufrió el que posiblemente fuera su primer encarcelamiento en una vida inconformista. Detenciones, procesos, condenas y, finalmente, el destierro marcaron la vida de una persona joven, comprometida, cristiana y luchadora. Además, padeció varios atentados físicos que le dejaron señalado para los restos de su vida. En aquellos días, Sánchez Cabeza disfrutó de apoyos y defensas que, al menos, le permitieron aliviar tanto desaire.

Otra persona de enorme protagonismo fue el propio alcalde, Juan Bautista Fariñas. Los obreros le acusaron de ser el causante de todo por su negativa a apoyar las reivindicaciones y hubo un intento por parte de éstos de asaltar y quemar la farmacia y la vivienda. Las fuerzas de seguridad se encargaron de frenar cualquier desmán que pudiera producirse.

Entre las víctimas sólo se recuerda un nombre, el de Ernesto Álvarez, un obrero culto e inteligente, acérrimo defensor de la causa obrera, militante honrado, sacrificado en aras de su ardiente esperanza de un mañana mejor, de una sociedad mucho más justa y más humana.

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